De entre todos los abroncados el pasado sábado por el Santiago Bernabéu, sin lugar a dudas, Vini fue el que se llevó la peor parte. El respetable blanco personalizo en el ‘7’ gran parte de la culpa de lo acontecido las últimas semanas, siendo el único jugador pitado durante todo el partido. Un gesto que no sentó nada bien al brasileño.

Sin embargo, si algo ha demostrado Vini desde que llegase al Real Madrid con solo 18 años, es que no es de los que se arrugan ante la presión. Y desde el minuto 1 del encuentro ante el Mónaco, siendo uno de los que seguía en el ojo del huracán, fue uno de los más activos desde el comienzo del encuentro, tanto en la presión como en las salidas al ataque.

El carioca estaba firmando un partidazo que no tardó en traducirse en estadísticas. En la primera mitad, ido una asistencia milimétrica de trivela a Mbappé para que el francés solo tuviera que empujarla. Pero no era suficiente. Y es que en la segunda mitad, tras una fantástica acción dentro del área, regateó a dos defensores y habilitó a Mastantuono, que solo tuvo que superar al meta rival.

Un partidazo al que solo le faltaba una cosa: el gol. Pero como era de esperar, llegó. Y llegó en una de esas acción de antiguo Vinícius: recibió, encaró, dejó atrás a tres defensores y la puso en la escuadra. Casi nada. Una acción que recordó por qué el brasileño es considerado por muchos, incluido su propio entrenador, uno de los mejores del mundo.

Precisamente, el gesto más significativo de su tanto fue el abrazo con Álvaro Arbeloa, en reconocimiento y agradecimiento a un míster que, desde el minuto 1 en el que aterrizó en el banquillo blanco, le ha dado la confianza que le ha faltado estos últimos meses. A cambio, Vini demostró que esa estrella mundial no ha vuelto, sino que nunca se ha ido.